marzo 5, 2008

Homenaje al gran Roberto Azzoni

Mañana a las 20.30 en el Museo Municipal de Arte Moderno quedará inaugurada una muestra en homenaje al gran pintor mendocino. La integran óleos que poseen sus familiares y el mismo museo, que organiza la muestra junto con Daniel Augusto Rueda Arte.

Con una primera muestra individual en 1926, cada vez que se presentó Roberto Azzoni recibió críticas elogiosas. Enrique Adrián Coll le dedicó un libro; Alberto Cirigliano le consagró otro en 1982; Sergio Hocévar se ocupó extensamente en "Azzoni, su pensamiento y obras elegidas" en 1998, en edición de Biblioteca Comunal y Guillermo Petra Sierralta, durante años, lo siguió de cerca, marcando pautas estéticas.

Nacer en Génova en 1899 fue sólo un accidente, pues se radicó desde niño entre nosotros y aquí creó su obra, formó su hogar, nos honró con su hombría de bien y formó a muchos de los artistas más destacados de la provincia. No era un plástico académico sino un pintor moderno y evolutivo.

Tras las etapas realistas, en las que se vale, por una parte, del paisaje local y, por otra, de la diversidad técnica de los ismos europeos, llegó a una síntesis y un modo propio que lo ubicaron entre los pintores más sobresalientes del país, enrolado en un particular expresionismo americanista.

Más que nada le interesaba hacer cuadros. No le importaba la investigación por sí misma sino los hallazgos concretos para llegar a resultados plásticos, eso sí, que enriquecieran los tradicionales conceptos de belleza, armonía, equilibrio, ritmo y proporción.

Adoptada la bidimensionalidad (aunque nunca en forma extrema) fondo y figura fueron una continuidad uno de la otra y se consolidó su estilo, ya inconfundible. De allí pasó a la abstracción, no sólo a aquella que le sirvió para sintetizar, sino a la que se solaza con la materia, pero no para que valga por sí misma, ya que la obligó a servir al contenido y a la expresión. Tal el caso de la obra mural 'El suelo', donde ofrece una geología presentativa, verdadera maravilla plástica de materia convulsa, inquietante, densa, de fuerte tensión dramática.

Quizás porque la conjunción de talento -como innata disposición- y de temperamento sanguíneo lo llevaron a vivir por la pintura, logró ensamblar, por ejemplo, la bella materia (cara a los impresionistas) con una superficie inmaculada (propia de los abstractos). El resultado es soberbio. A las figuras heroicas, tiernamente pétreas, se añade un imponderable señorío y obtiene una factura suntuosa, acariciante, transparente.

La neta estructuración compositiva no se aparta de ese pintor épico cuyos héroes son los antiguos habitantes de Mendoza, de la América andina, endiosados en su paleta austera y terrosa, monocromática, variada en hábiles modulados ocres, o multicolor cuando así conviene, pero siempre con una paleta baja, de tono grave.

En la exposición 'Paisajes mendocinos' de 1987 en galería 'Giménez', llamaba la atención un cuadro sin título donde aparece la cordillera partida en dos por un río, feroz en su mole impenetrable, en su quietud inconmovible. Surge allí un canto a la piedra que exalta su esencia y nos lleva de inmediato a relacionar con el poema 'Piedra infinita' de Ramponi.

Piedras hechas como una escenografía para dioses y titanes, de proporciones homéricas, de belleza salvaje, que el talento de Azzoni supo recrear en la tela con ese dramatismo inquietante y solemne que destaca a su pintura.

Cuando el hábitat de sus héroes es el que lo solicita, invoca al genio inventivo y allí están, diseminadas por todo el país, las enormes patas de gallo de nuestros r&´os, la férrea cordillera de los Andes y las ondas raíces de los álamos centenarios.

Dramático, de expresión vigorosa y nunca ampulosa, Azzoni se interesó más por la raíz que por el árbol, más por el alma que por la piel, por eso no fue un retratista del mundo exterior sino un cabal intérprete de las razas andinas. Un veterano poeta de la canción de gesta, con sintaxis de nuestro tiempo. Un pintor de voz inconfundible que le dio voz definitiva a Mendoza y a su gente.

El hombre
Nació en Génova, Italia, el 2 de julio de 1899, hijo de Luisa Bussi y Narciso Azzoni, pero se radicó en Mendoza desde muy pequeño. En su labor como plástico y docente mendocino representó con sus obras los paisajes y gente de Mendoza. Las figuras de hombres y mujeres en el paisaje de Azzoni no son elementos complementarios, tampoco alegorías y símbolos.

Son protagonistas del medio, con el vigor y la profundidad que sale del mismo ambiente y se transmite en reciedumbre, vitalidad y mansedumbre.

Creó la Academia Provincial de Bellas Artes, bajo la inspiración del arquitecto Manuel Civit, junto a los pintores Antonio Bravo, Fidel de Lucia, Vicente Lahir Estrella, Rodolfo Guastavino, Vera Sales.

En 1947 fue responsable de los Talleres del Instituto Superior de Artes Plásticas de la Universidad Nacional de Cuyo. Su arte fue visto en España, Venecia, Cuba, Chile y Colombia, entre otros lugares.

En una entrevista Azzoni afirmó: “Soy un figurativo porque necesito expresar. Quisiera que mi figura no sólo trascienda una pose, sino un espíritu. Siempre creí que la figura debe expresar algo humano”.

Murió en Mendoza el 16 de mayo de 1989.

Fuente: http://www.losandes.com.ar/notas/2008/3/5/estilo-348074.asp´